De cada diez sitios que visito en busca de imágenes para alguno de mis experimentos personales, en ocho o nueve no llego a hacer siquiera una foto. Me pasa como a esos escritores de las películas, que terminan de teclear, leen lo que han escrito, arrancan la hoja del rodillo de la máquina de escribir y arrugan el folio para lanzarlo a la papelera. Supongo que se hablarán mentalmente diciendo: “mierda, con lo bien que sonaba en mi cabeza”. Al leerlo desde fuera, la maravillosa idea deja de tener sentido. Además, de cada diez fotografías que hago en los pocos sitios que sí despiertan mi interés, ocho o nueve no llego nunca a utilizarlas. De ahí, la diferencia tan abismal que existe entre los infinitos kilómetros que han recorrido mis ya maltrechas piernas y las escasas diapos que llevo a escanear para utilizarlas en algún proyecto.
Al principio, cuando empecé a salir con la cámara, me resultaba muy frustrante la facilidad con la que muchos lugares arruinan las expectativas con las que los visitamos. Luego fui conociendo a personas que llevaban años en esto, en la fotografía, en la escritura, en la pintura, y me vino un pequeño consuelo. No solo me pasa a mí, le pasa a todo el mundo. El porcentaje de ideas, de intentos, de expectativas o de ilusiones que acaban tomando forma es mínimo, ridículamente pequeño. La mayoría acaban antes de comenzar, se quedan en una simple idea. Y bastantes de las que conseguimos poner en marcha, terminan prematuramente en un triste cajón junto a muchas otras.

Pontiac Ventura sedán 4 puertas de 1976. © Miguel Puche
Hace un par de semanas, en un lugar indeterminado de un país indeterminado, encontré una estampa que al principio me hizo desconfiar un poco dado mi historial de decepciones. Vi un coche abandonado en un viejo solar en el margen de una de estas carreteras olvidadas entre dos pequeñas pedanías. El supuesto cartel de “Propiedad privada” había vivido tiempos mejores, así que me animé a saltar la valla y a gastar unos minutos montando mi vieja Hasselblad y tirando un par de fotos con diferente medición de luz, para asegurar como de costumbre. Mientras saltaba de nuevo la verja hacia fuera de la propiedad me reía pensando: “ahora aparece un tío con una escopeta de caza y se pone a disparar, como en las películas”. Continúe caminando por la carretera con una sensación de triunfo maravillosa. Sin buscarlo, había encontrado un rincón que me hizo montar la cámara, hacer una foto que llevaría corriendo a revelar tan pronto aterrizara a la vuelta de la escapada y que escanearía la diapo para incluirla en uno de esos proyectos personales inacabados. Una sensación que solo se da una o dos veces de cada diez, en las pocas ocasiones en las que conseguimos lo que esperábamos conseguir. El coche, por cierto, es un Pontiac Ventura Sedán de 1976. Bastante feo y sin ninguna historia detrás que pueda aderezar el hallazgo. Pero eso es lo de menos.
Evidentemente una sola imagen no crea un proyecto, pero como acostumbro a explicarle a la gente: “Las imágenes perfectas no son las más bonitas o espectaculares, son en realidad las que más se acercan a la idea que teníamos en la cabeza antes de conseguirlas”. Y tengo que decir que esta imagen que a muchos les parecerá insulsa e intrascendente, encaja como un guante en el proyecto en el que la voy a incluir. Así que, tras cientos de estrepitosas derrotas cuando intentamos avanzar con algún propósito, surgen también algunas pequeñas victorias que nos hacen seguir intentándolo.