Últimamente, en las charlas de sobremesa que tenemos los amiguetes cuando quedamos a comer, salen algunos temas recurrentes a los que casi nunca conseguimos encontrarles explicación. Uno de ellos es el éxito desmesurado de ciertos “artistas” musicales que llenan estadios y consiguen millones de reproducciones en plataformas digitales con canciones que a todos nos parecen espantosas. Sin mencionar las letras absurdas, los mensajes tóxicos, los estilismos indescriptibles, y algunas otras cosas a las que no vemos sentido alguno.
La semana pasada, en medio de un interesante y animado debate, se me ocurrió buscar la analogía de este curioso fenómeno con el de los alimentos ultraprocesados. Nos dicen que el consumo de este tipo de preparados es perjudicial para la salud, que contienen demasiados ingredientes dañinos, que no nos aportan nutrientes ni beneficio alguno al organismo y que esconden saborizantes y aromas artificiales para engañar a nuestros sentidos. Pero a nadie le importa. Se venden y se consumen muchísimo. Intenté explicar que el tipo de fenómenos musicales a los que nos referíamos utilizan cantidad de herramientas, procesos y efectos que simulan música real, que hay cientos de personas involucradas en las innumerables fases del proceso de creación, producción y distribución de material y que, finalmente, necesitan aderezarlo bien con todo tipo de trampas que ocultan el vacío creativo que hay detrás. Pero a nadie le importa. Llenan estadios, venden muchísimo y facturan millones.
Como mi humilde disertación no pareció convencer a nadie, recurrí al comodín del marketing. Todo en la vida es marketing, y si alguien te vende bien un producto, lo compras, aunque sea rematadamente malo, perjudicial o no lo necesites. Supongo que nos están vendiendo muy bien ciertas canciones, ciertos estilos, ciertos mensajes, aunque no nos aporten nada y no los necesitemos. Le echaremos la culpa a los famosos algoritmos.

«Refugios» (2024). © Miguel Puche
Unos días después, saliendo de una exposición de arte que me dejó cierta sensación de desconcierto, me vino a la cabeza aquella sobremesa y, en el camino de vuelta a casa, me fui preguntando si el mundo del arte en general también nos está vendiendo productos ultraprocesados, si se están añadiendo demasiados «aditivos» a las obras.
Yo vengo de una generación acostumbrada a sortear las carencias con ingenio, a valorar la esencia de una idea, a desconfiar de las distracciones y los aderezos innecesarios. Y cuando veo en una galería de arte esculturas hechas con impresoras 3D, o escucho éxitos musicales creados con programas informáticos que mezclan ritmos pregrabados, o fotografías en las que los efectos digitales han desvanecido todo rastro de la imagen original, me pregunto dónde queda la relación del artista con su obra y con la idea que la concibió, a quién pertenece el resultado final. Y por qué me resulta espantoso el producto y no entiendo qué me están intentando vender.
En fin, supongo que son preguntas sin respuesta. Creo que con la edad nos sentimos cada vez menos identificados con todo lo que nos rodea. Vivimos en una sociedad de consumo rápido. Cada uno es como es y todos somos libres de subirnos a una tendencia determinada, de comprar un discurso concreto o de aplaudir las ocurrencias de algún visionario. Aunque nos suba el colesterol y nos provoque dolor de estómago. Hoy tengo la tarde bastante tranquila, así que voy a leer un rato mientras me pongo de fondo aquel disco que sacaron The Chieftains con Van Morrison en el año 88 que se llamaba Irish Heartbeat. De aquellos tiempos en los que todo era más sencillo y la música todavía era música.