Escuchando el último trabajo de uno de mis músicos favoritos, me acordé de una entrevista que le hicieron en televisión en la que contaba cómo escribió las canciones para este disco durante el largo periodo de convalecencia tras un gravísimo accidente que casi le cuesta la vida. Y tengo que decir que las canciones rezuman optimismo. A mí me hubiera costado mucho crear algo luminoso después de una mala experiencia. Yo soy de los que se quejan de la mala suerte con bastante frecuencia. Un pesimista de cuna. Soy alguien que cuenta a menudo las ocasiones en las que el azar ha jugado en mi contra y como el karma no ha sabido compensarme a la hora de equilibrar el tanteo entre las alegrías y las fatalidades. Y a estas alturas de la vida, ya solo me consuela pensar que cada pequeño traspiés conduce a una oportunidad de cambiar el rumbo, aunque a veces a mi vieja brújula le cueste marcar el norte.

Morondava (Madagascar). © Miguel Puche

Andasibe (Madagascar). © Miguel Puche
Nuestro cerebro tiene una asombrosa capacidad para romantizar el pasado, para suavizar experiencias penosas y convertirlas en recuerdos divertidos. La mayoría de anécdotas curiosas que cuento a mis amigos sobre mis escapadas en solitario comienzan con algún pequeño infortunio. Puede ser una gastroenteritis, la avería de la cámara, una tormenta que anula los planes previstos o la maleta perdida en la escala de algún vuelo. Con el tiempo uno aprende a relativizar la gravedad de los percances, y lo que he ido descubriendo con los años es que todo forma parte del viaje y que las cosas que me van a ocurrir cuando salgo de casa camino del aeropuerto serán muy distintas a lo que he ido imaginando mientras preparaba el equipaje.

Morondava (Madagascar). © Miguel Puche

Andasibe (Madagascar). © Miguel Puche
Últimamente le estoy cogiendo cariño a muchas de las fotografías no planificadas que hice durante esos ratos de reflexión que vienen tras un contratiempo mientras viajaba. Y me están trayendo recuerdos muy agradables. Recuerdos de algunos paseos en horas muertas en los que cruzas miradas y descubres a las personas que viven en aquel lugar, o de esos apuntes que escribía en el cuaderno de bitácora mientras la ropa sucia daba vueltas dentro de la lavadora de la lavandería del pueblo, o los olores y sonidos que la cámara no puede capturar pero que se quedan en algún profundo rincón de nuestra memoria. Y me resulta reconfortante saber que guardamos en nuestro subconsciente experiencias vividas en momentos aparentemente intrascendentes que de cuando en cuando vuelven para reivindicarse. Y es que, si todo saliera según lo planeado, viajar sería mucho más aburrido.