TAMING THE GARDEN, CRUEL NATURALEZA HUMANA

Antes, cuando nos hablaban de un documental, no podíamos evitar pensar en la siesta del fin de semana. Era una palabra que relacionábamos de inmediato con la sobremesa, el sofá y con imágenes de animales en alguna llanura africana. Con el tiempo, afortunadamente, el documental ha subido de categoría, mucho, y se ha convertido en uno de los géneros cinematográficos con mayor capacidad para abrirnos la mente a ámbitos y a espacios más diversos, situándonos delante de un espejo en el que poder analizar de manera introspectiva las contradicciones de la naturaleza humana. Os comparto una de las últimas sorpresas agradables que he descubierto.

Nos ubicamos en Georgia, la antigua república soviética entre las montañas del Cáucaso y el Mar Negro. Vamos ahora a una pequeña y tranquila aldea donde la gente sobrevive con lo justo, gracias a lo que siempre hemos llamado economía de subsistencia, como en otras muchas zonas rurales del país. Imaginaros que alguien llama al timbre de una de las casas y abre la puerta una señora mayor. Los hombres que aguardan en el exterior preguntan cuánto quiere por el árbol que se alza al lado de la casa. La mujer, que necesita el dinero, accede a vender el árbol. Ahí comienza un viaje entre lo absurdo de la megalomanía más irracional y una absoluta falta de sensibilidad hacia la naturaleza, que acabará con el árbol en el jardín de la descomunal mansión del hombre más rico de Georgia, en Tiflis, la capital del país.

Taming the garden. © Mira Film

Taming the garden. © Mira Film

La directora georgiana Salomé Jashi nos muestra en el documental “Taming the garden” el traslado de unos árboles. Hasta ahí, nada raro. Pero si detrás de la historia hay un excéntrico millonario llamado Bidzina Ivanishvili, que es el hombre más rico de Georgia, y que se propone crear en su mansión de la capital, valorada en 50 millones de dólares, una especie de jardín del edén, comprando los árboles de los que se encapricha en un lejano rincón del país, trasladándolos a su finca, una especie de monumental despropósito arquitectónico propio de cualquier villano de película de acción, la cosa se va tornando en una inquietante alegoría sobre la absurda necesidad del ser humano de demostrar que hacemos las cosas porque podemos, sin justificación lógica aparente; un testimonio sobre la ridícula pretensión de domesticar la naturaleza para saciar los antojos personales de los que piensan que el dinero puede comprarlo todo. Lamentablemente es así en muchos casos.

Taming the garden. © Mira Film

Taming the garden. © Mira Film

La directora se limita a narrar, prácticamente sin diálogos, la odisea de los árboles con imágenes llenas de simbolismo. Prefiere filmar desde la distancia, sin exponer su opinión ni forzar al espectador a adoptar una determinada postura. Cada cual debe reflexionar y alcanzar sus propias conclusiones. La fotografía de Goga Devdariani ayuda a mostrar de manera poética lo delirante del traslado con imágenes bellísimas que rozan en muchos casos el surrealismo. Muy recomendable para todos los que disfrutéis este tipo de películas de observación y no os dé pereza reflexionar sobre nuestra convivencia con el entorno que nos rodea y la incoherencia de construir paraísos artificiales a nuestro alrededor.

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